Ricardo Cuéllar falleció el pasado 4 de octubre de 2025, rodeado de su familia y de sus amigos más cercanos, tras una larga enfermedad. Fueron meses complejos, vividos con la misma discreción y fortaleza que caracterizaron siempre su forma de estar en la vida, y a los que se sumó el enorme esfuerzo personal y emocional que supuso para él la organización de su último congreso de la Asociación Española de Artroscopia (AEA). Incluso en ese contexto, nunca dejó de pensar en la asociación ni en la responsabilidad que sentía hacia ella.
Fue, ante todo, un trabajador infatigable. No parecía haber horas suficientes para dar cabida a todas las iniciativas que impulsaba. Muchos recordamos sus correos electrónicos a altas horas de la noche, sus llamadas inesperadas o sus mensajes de WhatsApp en los que seguía dando forma a nuevas ideas. Era profundamente responsable y exigente con quienes le rodeábamos, pero sobre todo consigo mismo. Esa autoexigencia marcó su trayectoria y fue uno de los motores de su enorme productividad y rigor profesional.
La trayectoria profesional de Ricardo fue amplia y sólida. Destacó como cirujano, docente universitario e investigador, combinando con naturalidad la actividad asistencial con una intensa labor formativa y divulgativa. Supo gestionar el tiempo de manera extraordinaria, equilibrando múltiples facetas de su vida profesional sin renunciar a sus pasiones personales, entre las que destacaban el esquí –especialmente en Baqueira– y su familia, con la que disfrutaba de viajes estivales que reflejaban su curiosidad y entusiasmo por conocer exóticos lugares. Y todo ello, siempre con el apoyo incondicional de Koro, su media naranja, la mujer que estuvo a su lado en cada paso y que hizo posible que Ricardo construyera y viviera este proyecto de vida.
Como cirujano y como formador, Ricardo fue tan exigente como generoso. Le apasionaba transmitir conocimiento, ya fuera en el ámbito universitario, en cursos especializados o en el propio quirófano. Su labor docente en los cursos sobre espécimen realizados en el Campus de Leioa, alternando rodilla y hombro, alcanzó un enorme prestigio y seguimiento. Tuve el privilegio de compartir con él la dirección, pero siempre fue quien llevaba todo el peso de la organización. Con él aprendí no solo de la técnica, sino también de su manera de enseñar y de entender la formación como un compromiso ético con las nuevas generaciones. Su quirófano fue siempre un espacio abierto al aprendizaje, con residentes y cirujanos nacionales e internacionales que realizaban estancias formativas prolongadas.
Si hubo una pasión que definió especialmente a Ricardo, esa fue la AEA. Su compromiso con la asociación fue total y sostenido en el tiempo. Desempeñó con dedicación los cargos de tesorero, vicepresidente y presidente, y fue director de nuestra Revista Española de Artroscopia y Cirugía Articular (REACA), contribuyendo de forma decisiva a su consolidación y proyección científica. También le debemos la creación de la Cátedra de Artroscopia de la Universidad Francisco de Vitoria, una iniciativa clave que hoy permite desarrollar numerosos proyectos docentes e investigadores, y que constituye una parte esencial de su legado. Ricardo ha sido, sin lugar a dudas, uno de los grandes referentes de la AEA. Su pérdida supone un golpe profundo no solo para la asociación, sino para la artroscopia española en su conjunto. Aunque ya no esté entre nosotros, la huella de su energía incansable, de su visión y de su compromiso con la excelencia permanecerá viva en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de conocerle y de compartir con él tantos proyectos dentro y fuera de la AEA.
Pero, para mí, quizá su legado más importante sea el humano. Ricardo deja tras de sí un auténtico equipo de traumatólogos: sus propios hijos, que han seguido sus pasos con vocación y excelencia, y los numerosos especialistas que se formaron a su lado a través de sus cursos, estancias formativas, rotaciones internacionales y actividades docentes. Son muchos los profesionales que hoy practican la artroscopia con un sello que, en mayor o menor medida, lleva su impronta.
En lo personal, para mí Ricardo fue mucho más que un referente profesional. Fue un compañero y, sobre todo, un amigo. Compartimos proyectos, discusiones, ilusiones y también momentos difíciles. De él aprendí que el liderazgo se ejerce desde el trabajo constante, la generosidad y la honestidad intelectual. Este texto no es solo un recuerdo institucional, sino un homenaje sincero de quien tuvo la suerte de caminar a su lado durante muchos años.
Ricardo Cuéllar seguirá estando presente en cada curso, en cada reunión científica y en cada proyecto que lleve implícito el espíritu de trabajo, compromiso y pasión que siempre le caracterizó. Su recuerdo nos acompaña y nos debe obligar, también, a estar a la altura de su legado.
Dr. José Antonio Guerrero Molina
Jefe de la Unidad de Rodilla en el Hospital Universitario de Cruces de Barakaldo, Bizkaia
Presidente del IV Congreso Conjunto de la Asociación Española de Atroscopia (AEA) y la Sociedad Española de Rodilla (SEROD) en 2016